El cuarto de la colada o el armario de la abuela, la ‘primera vez’ de algunos grandes fotógrafos

Siempre hay un lugar y unas sensaciones ligadas a una primera vez; los preparativos, los nervios, las inseguridades, la expectación, la penumbra, las pupilas dilatadas, el olor, el tacto… Hasta que, finalmente, algo surge de las sombras, algo que va tomando forma, y la imagen aparece, reconocible, brillante, húmeda. Para todos, o casi todos, es ‘el momento’ que recordarán el resto de sus vidas.

Todo depende, y más en este caso, de la química, de eso que decimos muchas veces que “se tiene o no se tiene”; o mejor, que “funciona o no funciona”. La vida se nos revela diferente cuando experimentamos, algunos con más maña que otros, nuestra ‘primera vez’. Aún excitados, con el pulso acelerado y con ese ‘algo’ en la mirada salimos del cuarto oscuro, porque… hablamos de fotografía, ¿de qué si no?

La oscuridad siempre ha estado ligada al misterio, a lo desconocido, a cosas que aparecen y desaparecen, a secretos, ausencias y presencias que se perciben, se sienten… y se revelan. Igual que las imágenes. Y es que es el proceso de revelado, con su toque de misterio y sus ‘pócimas mágicas’, y no el click de la cámara, lo que atrajo y atrapó a muchos en el mundo de la fotografía.

Para nosotros, ‘locos’ de la fotografía, el cuarto oscuro no era ningún castigo, ni un pasadizo infantil a un mundo de pesadilla, ni siquiera el lugar en el que se escondían aquellos monstruos de infancia que, de tan grandes, no cabían debajo de nuestras camas. No. El cuarto oscuro era aquel lugar mágico en el que muchos niños descubrieron la magia de verdad, la de aquellos papeles blancos que, sumergidos en líquido, revelaban su secreto más oculto: una imagen impresa, un recuerdo, un momento robado al tiempo. Podía ser un retrato, una tarde en el parque, una excursión de fin de semana con nuestros padres, una visita a los abuelos… Todo revivía y quedaba impreso para siempre en aquella oscura habitación de los misterios.

Fue en aquellos pequeños laboratorios caseros, aquellas primeras veces, cuando se fraguaron aficiones que durarían toda una vida y se iniciaron carreras profesionales que, en algunos casos, acabarían llegando a lo más alto. Y entre esos que llegaron, y llegan, a lo más alto, hay muchos que recuerdan con cariño aquella primera vez que marcó sus vidas para siempre.

Elliott Erwitt tuvo su primer cuarto oscuro en el cuarto de la colada de la casa de sus padres. Fascinado por el proceso de revelado (aún hoy revela sus fotos en su propia casa), a los 16 años ya se lanzaba a experimentar con la película y los líquidos. Fiel a su personalidad, algunos de esos intentos no dejaban de tener su punto divertido. Según cuenta su amigo Eugene Ostroff, Erwitt “llegó a poner varios rollos recién revelados en el inodoro y después le daba al agua de la cisterna cada 10 minutos para ver qué pasaba. Dejó de hacerlo cuando el inodoro se tragó uno de sus carretes”.

 

 

Bruce Davidson tuvo su “primera vez” en casa de un amigo. Allí vio aparecer una imagen en un papel sumergido en un líquido que a él le pareció “solo agua”. Corrió a casa y le suplicó a su madre que le construyera un cuarto como aquel en el que acababa de estar.  Su familia vació el armario de la abuela, de apenas un metro de ancho, y  lo transformó en el paraíso del pequeño Bruce. En la puerta, Davidson escribió: “La tienda de fotos de Bruce”.

Hoy día, a los 85 años de edad, Davidson sigue experimentando la magia de estar en el cuarto oscuro. “Sientes algo maravilloso aquí dentro”, dice. “Me gusta porque es una especie de lugar espiritual (…) Vengo aquí a las 4:30 o 5:00 de la mañana. Es como un ritual, me siento más puro, es el momento en el que puedo mirar mis fotografías y ver qué es lo que realmente hay en ellas”.

 

 

Otro fotógrafo de la agencia Magnum, Trent Parke, también quedó hechizado por la magia de aquella primera experiencia. Su madre hacía fotos para algunos periódicos, y tras morir repentinamente de un ataque de asma delante del propio Trent, el australiano comenzó a utilizar su cámara, una Pentax Spotmatic, y a revelar las fotos… en el cuarto de la colada:

“No recuerdo el momento exacto en que ocurrió, el momento en que recogí la Pentax Spotmatic de mamá y empecé a hacer fotos, aquella caja negra con un agujero y una lente plateada. Pero fue el cuarto oscuro lo que cambió mi vida para siempre. Ver como aquella primera fotografía aparecía en la bandeja de revelado fue el mejor truco de magia que he presenciado jamás”.

 

El autor de fotolibros como ‘Dream/Life’, ‘Minutes to Midnight’ y ‘The Black Rose’, entre otros, sigue siendo a día de hoy un enamorado de los procesos químicos de revelado y de las técnicas tradicionales del cuarto oscuro.

 

 

La fotógrafa Susan Burnstine, menos conocida que Erwitt y Parke pero con un estilo y una estética muy particulares, utilizó por primera vez el cuarto oscuro siendo una niña, en el sótano de su casa. Se lo construyó su padre, inventor de profesión y cuyo taller ocupaba parte de ese sótano, pero la ‘culpable’ de que se lanzara a hacer fotos fue su madre, una entusiasta de la fotografía que coleccionaba cámaras antiguas y que la animó a hacer fotos para hacer frente así a sus constantes pesadillas nocturnas.

“Revelé mis primeras fotos a los 11 años. Mi padre, que era ingeniero e inventor, me montó un cuarto de revelado en el sótano, cerca de su estudio, y recuerdo que le escuchaba trabajar mientras yo revelaba mis fotos. Me enamoré de mi cuarto oscuro, casi puedo decir que no salí de allí hasta que cumplí los 19”. 

El proceso de revelado juega un papel primordial en el personalísimo estilo de la obra fotográfica de Burnstine, una fotógrafa que, además, construye sus propias cámaras de forma artesanal.

 

 

Pero la magia del cuarto oscuro va más allá de lo que sentimos la primera vez que lo utilizamos. Y es que un cuarto oscuro, ni siquiera tiene que ser un cuarto en sí, puede ser, por ejemplo, el maletero de un coche. Y eso no lo hace menos profesional ni menos útil, ya que ha sido, es y seguramente seguirá siendo esencial en el trabajo de fotógrafos como Weegee o Sally Mann, por citar dos ejemplos.

Arthur H. Fellig, más conocido como Weegee, cimentó su fama, además de en su particular uso del flash y en su capacidad de ser el primero en llegar al lugar de los hechos, en el cuarto oscuro (y oficina) portátil que habilitó en el maletero de su coche, un Chevy del 38. La posibilidad de revelar y copiar sus fotos ‘in situ’ hacía que este fotoperiodista fallecido en 1968 fuera siempre el primero en enviar sus instantáneas a los medios.

“Me compré un flamante Chevy Coupe del 38, de color granate. Después me hice con una tarjeta de prensa y un permiso especial para llevar una radio de la policía, igual que en los coches patrulla. Era el único fotógrafo de prensa que tenía una. Mi coche se convirtió en mi hogar”.

 

El caso de Sally Mann es algo diferente. La fotógrafa estadounidense recurre al cuarto oscuro del maletero de su coche no para revelar sus fotos, sino para preparar sus placas de colodión húmedo cuando sale a fotografiar paisajes.

Mann cuenta, entre risas, que su afición a la fotografía nació durante sus años de instituto, cuando nada era más emocionante que tener una excusa para meterse en el cuarto oscuro de revelado con su novio de entonces.

 

La autora de ‘Immediate Family’ es famosa por utilizar una vieja cámara de placas 8×10 de más de 100 años de antigüedad y por sus particulares técnicas de revelado. El siguiente video es un magnífico resumen del proceder de la fotógrafa de Virginia. Subtitulado al castellano, muestra a Mann preparando sus placas en el maletero de su ranchera (del minuto 3:51 al 5:04), trabajando con su ‘aparatosa’ cámara y solventando, de forma más que curiosa, los problemas que ésta le da (del minuto 5:08 al 5:55) y también revelando en su cuarto oscuro (del minuto 0:22 al 1:39 y del 13:51 al 14:10).

 

 

Poco o casi nada tiene que ver el estilo de Sally Mann, basado en la aleatoriedad de los defectos de los materiales y procesos que utiliza, con la arrebatadora y casi insultante perfección del gran Irving Penn. Sin embargo, Penn y Mann tienen algo en común, y es, precisamente, la importancia que le dan a los procesos de revelado y positivado. Penn, en concreto, era conocido por trabajar intensivamente en el cuarto oscuro y por la importancia que el revelado y la impresión tenían para él.

“Una hermosa impresión es una cosa en sí misma, no solo una transición hacia la siguiente página”, decía el polifacético fotógrafo de Nueva Jersey. “A lo largo de los años, debo haber pasado miles de horas aplicando en silencio los recubrimientos líquidos y preparando cada lámina antes de alcanzar la impresión perfecta”.

 

Su incontestable pericia técnica y sus impecables impresiones por contacto de negativos de fotografías tomadas con una cámara de placas de gran formato (muy parecida a la de Sally Mann) hicieron que todas sus fotos, fueran de modelos para Vogue, retratos de artistas famosos o unas simples y sucias colillas recogidas de la basura, tuvieran un toque de elegancia y una sutileza inigualables. Todo gracias a su mirada y a su técnica, pero también a su total dominio del revelado.

 

 

La atmósfera oscura, solitaria y tranquila que se vive en un cuarto de revelado ha atrapado incluso a aquellos acostumbrados a los grandes focos, los flashes y los baños de multitudes. La actriz y fotógrafa aficionada Jessica Lange lo describe así: “Siento algo mágico cuando entro en mi cuarto oscuro, he disparado un carrete, lo revelo y miro los negativos. Hay como una especie de imaginario ahí, es algo que siempre me deja pasmada”.

 

 

Su compañero de profesión y protagonista de una de las exposiciones de la pasada edición de Revela-T Jeff Bridges es otro de los ‘atrapados’ por el cuarto oscuro:

“Empecé a hacer fotos en la escuela secundaria. Me hice un cuarto oscuro y allí perdía la noción del tiempo, revelando e imprimiendo durante horas y horas, escuchando la radio, bajo la seguridad de la luz roja. Tengo que admitir que nunca disfruté mucho con el revelado. Probablemente sea la parte más importante de todo el proceso, pero lo que me encantó fue la impresión: ver esas imágenes salir de la “sopa”. Ver la hoja de contactos de esas fotos que había tomado semanas antes y que había olvidado por completo. Eso es lo que me encantó. Incluso hoy día, mirar los contactos por primera vez es como abrir un regalo de Navidad que me hago a mí mismo. Qué gran sorpresa ver lo que vio la cámara; lo que funcionó y lo que no; poder sentir de nuevo el momento de la imagen”.

No hay duda. Algo mágico sucede cuando alguien entra en un cuarto oscuro.

 

 

 

 


Leire Etxazarra

Periodista, apasionada de la fotografía y bloguera