Una vez leí que una cosa era quitarse la ropa y otra desnudarse “de verdad”. No recuerdo el contexto, así que no puedo saber exactamente a qué se refería la persona que lo dijo, pero la frase me viene ‘al pelo’ para el tema de este post: el desnudo, pero no cualquiera, sino el desnudo más bello.

 

El cuerpo humano, el femenino y el masculino, ha sido siempre objeto de culto por parte de los artistas, uno de los sujetos favoritos del arte. Y la fotografía no ha sido menos. Son muchos los grandes fotógrafos que han dejado preciosos desnudos para la historia de la fotografía: Edward Weston, Helmut Newton, Lucien Clergue, Ruth Bernhard, Ralph Gibson… E, incluso, podemos añadir a la lista nombres cuya relación con el desnudo puede pillarnos por sorpresa, como los de Saul Leiter o Werner Bischof, por citar dos ejemplos.

 

Fotografía de Saul Leiter

 

El caso es que pocos fotógrafos escapan a la tentación de probar con el desnudo, con resultados y miradas más o menos sensibles, que pueden ser de nuestro gusto… o no. Eso ya depende de cada uno.

Pero… ¿hay, entre todos, un desnudo que destaque por encima de los demás? ¿Un desnudo cuya belleza, sinceridad, fuerza, honestidad y, sobre todo, cuya valentía y originalidad eclipse al resto?

La respuesta, aunque parezca mentira, es que sí, que lo hay, que ese desnudo existe y que somos testigos de él cada vez que miramos una fotografía. Es el desnudo del propio fotógrafo.

 

Fotografía de Francesca Woodman

 

Llegué a esta conclusión no hace mucho, hablando con unos compañeros de clase sobre lo mucho que suele costarnos enseñar públicamente nuestras fotos. No me refiero, obviamente, a las que sacamos casi automáticamente cuando estamos con amigos o familiares para tener como recuerdo o para subir a Facebook o Instagram, o a las que hacemos durante las vacaciones o cuando nos comemos un plato de pasta al pesto que, aunque puede que no sea el mejor que hayamos comido, sí que nos resulta fotogénico y atractivo.

 

Me refiero a las fotos que hacemos “en serio”, las que forman parte de un proyecto, de una serie o, aun no teniendo un nexo de unión narrativo o formal específico, son el fruto y el reflejo de nuestra mirada personal, de ese instinto que nos sale de lo más dentro y nos hace disparar ante determinadas escenas, encuadrar de una determinada forma e interpretar y leer la luz tal y como lo hacemos: de una forma única y personal. Todos sabemos que, si 20 fotógrafos fotografían una misma escena o situación, el resultado serán 20 fotografías, 20 miradas, diferentes. Algunas, parecidas; otras, sin embargo, radicalmente diferentes.

 

Fotografía de Ruth Bernhard

 

Y es que cada fotografía, cada click de nuestra cámara, recoge y muestra nuestra forma de ver el mundo; es, o debería ser, la consecuencia de una voz. Por tanto, cuando enseñamos nuestras fotografías, estamos dando al resto la oportunidad, y yo diría que el privilegio, de ver el mundo, la realidad y la vida tal y como nosotros la vemos.

 

Por eso es por lo que nuestras fotografías, nos guste o no, desvelan nuestro yo interior como ninguna otra cosa en el mundo, dan al resto la oportunidad de mirar y ver a través de nuestros ojos. ¿Acaso existe algo más personal e íntimo que eso?

 

Fotografía de Ralph Gibson

 

Esta idea no es nueva, ni he descubierto nada que otros no supieran, los grandes de la fotografía también han sido muy conscientes de que sus imágenes mostraban mucho más que el sujeto o la escena retratada: “La fotografía es una forma de gritar lo que uno siente”, decía Henri Cartier-Bresson; Minor White aseguraba que “todas las fotografías son autorretratos” y otro maestro, Richard Avedon, confesaba sin tapujos que “mis retratos dicen más de mí que de la gente a la que fotografío”. Es decir, un fotógrafo no sólo muestra el mundo, también se muestra, en mayor o menor medida, a sí mismo.

 

Por eso es normal que nos cueste enseñar nuestras fotos, someterlas al juicio de aquellos que saben y del público en general, y desnudar nuestro ojo ante la mirada escrutadora del resto. Nuestro trabajo no habla solo del sujeto que fotografiamos, del tema que hemos elegido, habla también, y más profundamente, de nosotros mismos y de nuestra forma de estar en el mundo. Casi nada. ¿No es eso mucho más que un desnudo entendido como un mero quitarse la ropa?

 

Quizá en este caso sea más propio hablar de “desnudamiento” que de desnudo, de sinceramiento profundo con uno mismo y con lo que uno ve y cómo lo ve, o del miedo a enfrentar la imagen que tenemos de nosotros mismos con la que realmente proyectamos o perciben los demás.

 

Fotografía de Susan Burnstine

 

La fotografía, como el resto de las expresiones artísticas, tiene mucho de psicológico, porque si algo está claro es que el “ojo inocente” no existe ni en el caso del fotógrafo ni tampoco en el del espectador. Somos, más que otras cosas, el fruto de nuestras experiencias y nuestro entorno.

 

La fotografía es, en este caso, un espejo en el que mirarse, pero también a través del cual mirar hacia el otro lado, hacia el interior del otro, el medio que permite zambullirse en la mirada de los demás. La fotografía convierte al espejo en reflejo y, a su vez, en proyector. Es parte de su magia.

 

Fotografía de Francesca Woodman

 

Por eso el “desnudamiento” que citábamos antes es una de las claves del acto fotográfico; y por eso, llega un momento en el que no tiene mucho sentido hablar de si una foto es buena o mala, sino de si es sincera, sensible y honesta.

 

Y la clave para ello no está en la supuesta idoneidad de la escena o el sujeto, ni en la composición o en el encuadre, ni mucho menos en la cámara o el objetivo elegidos. Tampoco lo está en el espectador. Todos son elementos importantes, pero quedan en un segundo plano ante el verdadero generador de belleza en el sentido más amplio de la palabra: el propio fotógrafo y su capacidad de liberarse, como quien se despoja de sus ropas, de máscaras, convencionalismos, servidumbres estéticas y prejuicios ligados a su propia labor, y del siempre engañoso espejismo del éxito. En definitiva, hablamos de nuestra capacidad de desnudarnos y sincerarnos ante nosotros mismos para que nuestra fotografía sea realmente la expresión de una mirada y una voz, para que hable al mundo, aunque sea en susurros, y que hable de cosas de las que ya hablaron otros, sí, pero como nadie antes habló de ellas.

 

No hay nada mejor que “des-cubrirse” a uno mismo a través de la fotografía, y ese es, sin duda, el desnudo más hermoso.


Leire Etxazarra

Periodista, apasionada de la fotografía y bloguera