Le das una cámara a un niño o a una niña y cuando miras el resultado, a veces, te llevas una gran sorpresa por descubrir alguna fotografía nueva que jamás, como adulto que eres con una mirada mucho más reeducada, habrías hecho; y envidias el no tener esa frescura, ese atrevimiento natural y tan libre.

 

 

Nos cuenta Xavier Miserachs en su libro Criterio fotográfico (N-1): “Durante los veranos de 1966 y 1967, una atípica experiencia motivada por el intento -fallido- de redondear los ingresos. Con un amigo-socio local, totalmente ajeno a la fotografía, montamos un establecimiento en una pequeña localidad de la Costa Brava para dar servicio de material y laboratorio a veraneantes y turistas. El poco volumen de negocio conseguido aconsejó olvidar la iniciativa, pero el experimento me ofreció motivos de reflexión nada desdeñables.

Excepto para algún trabajo especial en blanco y negro, el servicio de laboratorio corría a cargo de una empresa industrial que atendía toda la zona, y que nos permitía entregas cada 24 horas. En los días siguientes a la apertura, revisé las copias listas para entregar con estricto criterio de control de calidad, y descubrí con gran sorpresa que hacerlo resultaba apasionante. La calidad técnica era bastante deficiente, todavía no se había popularizado el uso de cámaras reflex con fotómetro incorporado y no se conocían ni el autofocus ni el flash incorporado, y tampoco las emulsiones y los trenes de revelado y tiraje daban el rendimiento que posteriormente alcanzaron. Pero entre la inocente producción de mis clientes, había imágenes donde detenerse, fotografías que me despertaban cierta envidia, que hubiera deseado fueran mías.

La producción amateur suministraba documentación en profundidad sobre cómo pasaban sus vacaciones mis turistas, mostraban un desinhibido repertorio de actitudes sociológicas que difícilmente habría captado un fotógrafo profesional. Llegué a apasionarme, a esperar con impaciencia el reparto diario, a suponer “estilos” entre mis clientes de pantalón corto o pareo sobre el bikini, totalmente ajenos a mis especulaciones, y a quienes atendía con la máxima cara de póquer.

Pocos años antes -en 1963- el MOMA había “descubierto” y expuesto la producción de Jacques-Henri Lartigue, y con ella el valor documental de la más desenfadada fotografía amateur. Empecé a reflexionar, a dudar si para un historiador del año 2500, que quisiera estudiar los hábitos indumentarios de los sesenta, sería más útil disponer de los Vogue de la época o de las fotos que producían mis veraneantes. La revista le engañaría, le daría una versión idealizada. Las fotos que yo revisaba eran mucho más objetivas. Es una duda extensible a otros campos sociológicos, y que todavía me acompaña.”

No es intención del presente artículo otorgarle a la fotografía de aficionados un galardón automático por el simple hecho de salir de miradas “inexpertas”; muchas fotografías de aficionados son bastante difíciles de digerir. Pero pienso que reconocerle el valor que Xavier Miserachs le atribuye, y que muchas veces no se le ha reconocido, es interesante y beneficioso para el conjunto de la Fotografía. Desde luego que hablar de fotógrafos amateurs o aficionados es tratar de un grupo muy heterogéneo, con muchos niveles de capacidades. Se trata aquí del conjunto que igual que los turistas de Miserachs no tienen ni afán ni pretensiones de ser reconocidos como fotógrafos.

Imaginemos por un momento todas esas fotografías que están durmiendo en los álbumes familiares y a la que sólo tienen acceso un grupo muy reducido de personas; muy posiblemente hablamos de toneladas de fotografías producidas por fotógrafos no fotógrafos. Si de alguna manera las pudiéramos visualizar, organizar y estudiar quizá nos darían como resultado todo un nuevo género fotográfico muy interesante de analizar en su conjunto. Y volviendo a las palabras de Miserachs, quizá nos explicarían mejor que otras fuentes quiénes hemos sido.
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Más datos sobre la tienda de fotografía de Xavier Miserachs y su socio: “Xavier Miserachs en el Empordà” por Anna Maria Piferrer (amiga de Miserachs), publicado en el libro Biennal de fotografía 1999 memorial Xavier Miserachs (traducido del catalán):
“Uno de sus primeros y eternos amigos ampurdaneses fue Tomàs Cervera, con quien montó, en Llafranc (N-2), un verano de los sesenta, una tienda de fotografía, que se llamaba Labo-I, ya que el proyecto era convertirla en una cadena: labo-2 en Tamariu (N-3), Labo-3 en Calella (N-4), … pero solo duró una temporada, y tal como lo recordaban ellos dos, bien sonrientes, en las divertidas cenas que compartíamos a menudo con Modest Cuixart, en la experiencia, no perdieron ni ganaron dinero, pero se divirtieron mucho, balance que me parece que se repetía en muchas de las actividades de Xavier.”

Tomàs Cervera i Cocerch “Chez Tomàs” fue pionero de la industria turística de la Costa Brava, un gran relaciones públicas y de los primeros animadores turísticos en los años sesenta. Un palafrugellense de adopción emblemático, que murió a los 72 años en el 2003. En el libro Chez Tomàs, escrito por su hija Mariona Cervera, (Col. Quaderns de les 7 Sivelles, CCG Edicions, Girona, 2006), en la página 62 podemos ver una fotografía de la entrada de la tienda Labo.I de Xavier Miserachs y Tomàs Cervera en Llafranc. En la imagen vemos el famoso loro inseparable de Tomàs Cervera y que fue protagonista de una escena divertidísima un día que se escapó tal como se explica en las páginas 61 y 62 del mencionado libro, según el testimonio de Miserachs.

Para los que hemos vivido aquel período de la Fotografía en el que llevábamos nuestros carretes a revelar a las tiendas de nuestros pueblos, imaginaros lo que hubiera supuesto para nosotros que detrás del mostrador nos hubiéramos encontrado, ni más ni menos, que todo un Xavier Miserachs entregándonos nuestras copias y, sin nosotros saberlo, que hubiera revisado nuestras fotografías con su “Criterio fotográfico”, sin duda un lujazo.

Notas:
(N-1) Criterio fotográfico. Notas para un curso de fotografía. Xavier Miserachs. Ediciones Omega, S.A. Barcelona. 1998.
(N-2), (N-3) y (N-4) Llafranc, Tamariu y Calella son barrios marineros que pertenecen al municipio de Palafrugell (Girona) y a la Costa Brava.

Foto: Colección particular de M. Luz Cámara. Mis hermanas, mis primos de Madrid, y yo, en el centro, algún verano de los ochenta en Palafrugell (Girona). Cuando venían mis primos solíamos ir a bañarnos preferiblemente a la playa de Llafranc, donde unos cuantos años antes Miserachs y Cervera habían tenido su tienda de Fotografía Labo-I.


Mari Luz Cámara

Incansable perseguidora de la Fotografía, esa dama que no se deja seducir por cualquiera